
Desde los albores de la humanidad, el arte era útil porque coincidía con la vida. Servía para orientarse en el mundo, para darle sentido, para controlar lo que se escapaba.
Era tecnología, diseño, algo que respondía a una necesidad.
Con la modernidad, se fue liberando progresivamente de toda obligación y empezó a mirarse a símismo. Hasta llegar a una paradoja: llamar al arte “útil” parece arriesgado, como si le restáramos valor.
Luego aparece Luly Santos, y el arte, con ella, vuelve a ser una experiencia que incide, que deja huella. Puede ser una plataforma para una boda, arte para llevar puesto, o la portada de un disco musical. El arte recupera su fuerza originaria.
Pero el arte de Luly Santos no se limita a esto: sirve para experimentar, para reflexionar, para sentirse mejor. Sus obras
abstractas, o a medio camino entre lo figurativo y lo abstracto, nos atraviesan, porque hablan de emociones universales.

Luly Santos nació en Monterrey, N.L., México, y desde temprana edad mostró inclinación hacia las artes, la pintura e incluso el piano.
A lo largo de 20 años, tomó cursos de dibujo a lápiz, óleo, pastel, acuarela y acrílico con maestros de renombre.
Desde 2020, ha ganado varios premios y reconocimientos y ha participado en diversas exposiciones nacionales e
internacionales, logrando vender su obra también en Europa.
Luly Santos es una artista plástica a la que le gusta impregnar sus lienzos de emoción. De hecho, las emociones son su principal fuente de inspiración, las cuales le permiten seguir creando y reflejar sensaciones placenteras en cada una de sus obras.

A una cosa no renuncia el arte de Luly Santos: a la belleza, a la preciosidad. Sus obras son un triunfo de elegancia y refinamiento, con un sutil toque barroco. Hojas de oro enriquecen muchas de sus piezas, como si quisieran recordarnos que la belleza nunca debe dejarse de lado.




